La mano que aprende

La mano como herramienta de la inteligencia le permite al niño desarrollar toda su potencialidad.

El ser humano llegó al mundo con aparente debilidad. Los animales, según su especie y desde el momento en que nacen, tiene un patrón establecido que guiará el desarrollo de su cuerpo y de su mente. Sea cual sea la vida que llevan, tienen lo necesario para satisfacer sus necesidades y vivir en goce con ello.

Pero el hombre no cuenta con un instinto que rija su conducta, tampoco tiene en su cuerpo herramientas para protegerse del frío, para cazar etc. Incluso nace en un estado de absoluta indefensión.

¿Pero entonces qué llevó al hombre a desarrollarse por sobre los animales y no terminar extinto?. La respuesta surge de tres características que sí posee el hombre, a diferencia de los animales: su inteligencia, su falta de patrones psíquicos que lo limiten y su posición erguida que libera sus manos. 

De este modo el hombre, haciendo uso de la inteligencia, tiene la capacidad de crear el mundo y la herramienta, con la que cuenta dicha inteligencia, para llevar a cabo esa creación son las manos.
La mano toca, toma, pesa, mide. La mano percibe vibraciones, temperaturas, texturas. La mano aprende. Y esa experiencia vivida, esa sensación recibida registra el conocimiento y genera nueva información. La mano que aprehende es la mano que crea. Desarrollándose en paralelo con la inteligencia, la mano dependerá del ego individual y de la vida psíquica en cada época, para llevar al niño a explotar sus potencialidades y crear al hombre de su tiempo.

Durante los primeros meses de vida el niño tocará involuntariamente un objeto. Esa información llegara a su cerebro y éste enviará una orden para volver a realizar el movimiento. Estos movimientos que nacieron de forma involuntaria empezaran a ser regidos por una fuerza interior, que le irá mostrando el camino para su desarrollo.

Una vez que el niño logra liberar sus manos, sentándose en principio, caminando luego. El mundo se transforma en su laboratorio. Tomará los objetos de ese ambiente, los recorrerá con sus manos, los trasladara de un lado a otro fortaleciendo su capacidad de equilibrio, desarrollando su fuerza. Pero algo mucho más profundo se está desarrollando en el niño con estos movimientos, se está desarrollando su independencia. Comienza la etapa en la que querrá hacer todo por sí mismo, es la etapa del “Yo solito”, “Yo puedo” y es una premisa fundamental, dejarlo hacer Cuando el niño adquiere la independencia, el adulto debe respetar dicha independencia, alejarse y ser observador del niño. Si el adulto se empecina en ayudar, subestimando su fuerza, su capacidad, alentado por miedos, prisas o desconocimiento, se transformará en un obstáculo para el niño y su desarrollo. Generará frustración y enojo en el pequeño, apareciendo los conocidos “caprichos” que son resultado de necesidades no respetadas.

El niño libre e independiente transitará, con la mano como herramienta, su normal desarrollo. Tomará del ambiente aquello que su ego le indique y perfeccionará lo que conquistó en los primeros años de vida. Para ello deberá ser libre de movimiento, necesitará tocar, mover, repetir insistentemente una acción para aprehender, para extraer de los objetos aquel conocimiento que tiene para ofrecerle y por el que su guía interior lo impulsó a tomarlo. El adulto deberá proporcionarle un ambiente rico en estímulos, objetos que motiven su actividad, objetos inteligentes que otorguen conocimientos a través de la experiencia física, a través de la mano. Uno puede decirle a un niño, señalando dos objetos, que uno es más largo que el otro. Quizá con el tiempo el niño retendrá las palabras, reconocerá el objeto y lograra hacer la diferenciación. Pero si uno le da esos dos objetos para que los toque, para que perciba su longitud, su peso, su tamaño, no solo reconocerá de manera vívida los objetos dados, sino que esa experiencia marcará el resto de las experiencias que el ambiente les vaya proporcionado. Porque el hombre aprende haciendo.

Esta libertad de movimiento, de la que hablamos y el niño necesita, no parte del caos. El movimiento que realiza el niño es un movimiento constructivo y se inspira en las acciones que ve realizar a su alrededor. Por ello el niño quiere hacer lo que el niño ve hacer, lo que el adulto hace. De ahí la importancia de dejar el niño participar de las actividades diarias, dejar hacer, dejar tocar, darle el mundo para que lo viva.

 

En el niño está el futuro del hombre, en la mano del niño está la herramienta fundamental para el desarrollo pleno de su capacidad, el mundo debe ser un lugar lleno de experiencias que pueda adquirir con su mano. La inteligencia del niño nace de la experiencia de su mano. El rol del adulto es darle al niño el mundo para que pueda tomarlo y transformarlo.


Carolina Solla
Mamá de dos pequeños que aman jugar, crear y correr por toda la casa

Asistente de Casa de Niños”  AMI – Certificada en FAMM ( Fundación Argentina Maria Montessori )
En formación como “Formadora de la Pedagogía Blanca” y “Master en Entornos Creativos y Comunicación Respetuosa
Estudiante del Profesorado de InformáticaDesarrolladora Sr. Freelance de Sistemas de Gestión Web
Fundadora de Tiempo para Jugar,  Directora de Numensource y Tiempo para Festejar

Consumidora fanática de cursos sobre Matemáticas Manipulativas, Pedagogías alternativas ( Waldorf, Reggio Emilia, Montessori ) , Programación para niños y Ciudadanía Digital

 

 

 

 

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